lunes, 25 de mayo de 2015




Juana Gallegos
El octogenario pintor Eduardo Moll presentó lo último de su obra Remembranzas. Su biografía tiene dos momentos importantes: fue el pionero del Pop Art en el país y el artífice de la primera escuela de arte para presidiarios.
Fotografía: Félix Ingaruca 

En medio del jardín del Centro Penitenciario de Lima, atrapado en una jaula, como un animal, estaba Jorge Villanueva, al que todos llamarían el 'Mounstruo de Armendáriz'; un hombre que sorprendió a los limeños en 1954, tras ser acusado de violar y matar a un niño de tres años en una quebrada de Miraflores.
 
En ese entonces, Eduardo Moll era aún un veinteañero que había iniciado un proyecto un tanto atrevido en aquella cárcel. Enseñaba pintura a los reclusos y no contento con eso había convencido al director de la penintenciaría para que, además, se realizaran conciertos de música clásica.
 
Aquella vez, Moll vio a Villanueva en medio del panóptico -terreno que hoy ocupan el hotel Sheraton y el centro comercial Real Plaza en el Cercado- se acercó con cierta piedad y le dijo: “Hoy en la noche habrá un concierto de la Orquesta Sinfónica. ¿No querrá usted ir?”. Villanueva le respondió que no. Le quedaban pocos días de vida pues había sido condenado a pena de muerte. Era 1957. “Me invitaron al fusilamiento. No asistí”, dice Eduardo Moll que ahora tiene 85 años y está rodeado por las pinturas de su galería de arte en Miraflores.
 
Moll rememora al 'Monstruo de Armendáriz' para hablar de un capítulo de su vida por el que se hizo muy famoso en los cincuenta. Fue el creador de la Escuela de Arte de la Penitenciaría de Lima. Él fue uno de los primeros al que se le escuchó hablar de aquella teoría que la mayoría toma por imposible: reeducar a los delincuentes a través del arte. 
El arte libera. Usted se olvida de todo cuando dibuja o pinta un retrato o un paisaje.
 
¿Y se puede olvidar un crimen?
 
Yo trataba a mis alumnos como cualquier estudiante de artes plásticas. Jamás les pregunté sobre sus crímenes, porque consideraba que era una falta de respeto. Eso sí, a veces me decían: “Ojalá, profe, usted pueda saltar aquel minuto fatal que yo no pude saltar, por el que estoy aquí”.
 
"ERAN COMO MI FAMILIA"
 
La vida del pintor Eduardo Moll Wagner está resumida en voluminosos cuadernos clasificados. En ellos ha pegado todos los recortes de periódicos en los que se habló de su carrera de pintor y  figuran además sus innumerables columnas como crítico de arte.
 
Moll es uno de los pintores más notables del país. Las reseñas lo citan como el pionero del Pop Art. Y desde su primera exposición, en 1952, su producción artística no ha parado. Esta semana inauguró su última exposición en una galería sanisidrina a la que llamó 'Remembranzas' y en la que  se destacan sus composiciones abstractas.
 
Su propia galería, instalada en la cuadra 11 de la avenida Larco, Miraflores, es la segunda más antigua de Lima. En ella se exhiben los cuadros de cotizados pintores. Entre ellos resalta uno del joven artista José Luis Carranza, a quien Moll descubrió cuando era un colegial: “Vino a pedirme que viera un cuadrito suyo exhibido en un bar de Barranco. Lo vi. Le dije que vaya a estudiar a Bellas Artes”.
 
Moll cuenta que decidió enseñar a pintar a los reos del Panóptico tras un robo que sufrió en París y que lo dejó postrado en cama por varias semanas.
 
“Me pregunté, ¿qué puedo hacer para castigar a los delincuentes? Pues enseñarles a pintar”, se responde Moll arrastrando la erre. Es el vestigio que le queda de su origen alemán, pues el pintor nació en Leipzig y sus padres lo trajeron a Perú a los 9 años.
 
A la gran penitenciaría de Lima, conocida como el Panóptico, se entraba por una puerta de bronce que miraba al Palacio de Justicia. Las paredes que rodeaban la cárcel eran inmensas, medían 12 metros de altura y estaban pintadas de rojo. Moll pasó por esa puerta cuando le  planteó su plan al director de aquel penal. Sin tanto papeleo le dijeron que sí, que daría clases de arte a los reos tres veces por semana.
 
“Pasé seis años entrando y saliendo. Ellos eran como mi familia”, dice Moll y recuerda con gracia la bodega del preso Mamoru Shimizu, un militar japonés que había matado a siete parientes suyos. “Y fíjese, lo veía afeitar al director del penal con una navaja, tranquilo, sin ninguna mala intención”.
 
Lima era aún una ciudad de pocos habitantes. Y por lo tanto su principal penal tenía poco reos. No habían más de 500 en el Panóptico y cada uno dormía en una celda, y ocupaban su tiempo en talleres de cerámica o armando sobres de telegramas. “El penal tenía diez clubes deportivos, de fulbito, vóley, básquet menos de tiro, claro”.
 
Se presentaron quince a su clase de arte de los cuales quedaron diez. Moll se abastecía de bastidores que él mismo fabricaba a base de tocuyo templado con agua de cola y  tiza molida.
 
Me decía que jamás habló con sus alumnos sobre sus crímenes...
 
Me informaba previamente por los guardias. Sabía que fulano de tal estaba acá porque encontró a su esposa con un tipo y que había sido condenado a 20 años por matarla o cosas por el estilo.
 
El mejor alumno de su clase estaba condenado a veinte años por haber asesinado a su hijo. Moll llegó a apreciar tanto su talento con el pincel que cuando lo trasladaron  al Sepa, a aquella colonia de reos que quedaba en medio de la selva de Ucayali, él mismo fue a pedir su retorno al ministro de justicia de ese entonces. La última noticia que tuvo de él fue que tras cumplir su pena se convirtió en un gran diseñador de interiores.
 
SENSIBILIDAD DEL CRUEL
 
Los titulares llamaron la atención: “Plan para convertir a reos en artistas”, así encabezó el diario Última Hora en 1957 una nota sobre la primera exposición-venta de la Escuela de Arte del Centro Penitenciario. Sería la primera de cuatro. Casi todos los cuadros encontraron compradores. Algunos fueron adquiridos por el director de la Penitenciaría y por el entonces presidente de la cámara de diputados.
 
Los reos habían aprendido de forma eficaz todo lo que se debe saber para pintar: el dibujo de bodegones, las técnicas del carboncillo, las témperas y el óleo. “Claro, nunca les llevé un desnudo porque se me iban encima”, bromea Moll, mientras muestra la reproducción de la pintura de uno de sus alumnos. Es una vista panorámica de la Plaza San Martín. 
Parecía que Moll quería despertar a toda costa la sensibilidad de sus alumnos, porque además de las clases de pintura organizó conciertos de la  Orquesta Sinfónica Nacional dentro del penal.
 
¿Qué sensibilidad tendría alguien que ha matado a sangre fría?, le pregunto.
 
Para ser criminal o delincuente hay que tener mucha sensibilidad o, ¿usted cree que es fácil matar a alguien? Yo intentaba cambiar esa sensibilidad negativa y convertirla en positiva a través del arte o simplemente escuchando El Cascanueces.
 
La aventura del pintor Moll en el 'Panóptico' terminó en 1962. Al año siguiente organizó una nueva escuela de pintura en el Reformatorio de Menores de Maranga. Se encontró con niños y adolescentes que ya habían perdido la inocencia en el submundo del delito: “Pluto, un reo de 18 años, ya había matado a cuatro”, dice el pintor. “No es muy simple encontrarse con una mano que agarra un lápiz y que tres meses antes ha ahorcado a una persona”. Cinco décadas después, el pintor se ha embarcado en otra empresa. Dicta clases de pintura a invidentes en el local de la Unión Nacional de Ciegos de la Plaza San Martín. Sólo tiene dos alumnos. 
 
 
FUENTE
 
http://larepublica.pe/impresa/ocio-y-cultura/2274-moll-y-los-demonios-del-panoptico?__scoop_post=2966a590-026a-11e5-ebb2-842b2b775358&__scoop_topic=618184#__scoop_post=2966a590-026a-11e5-ebb2-842b2b775358&__scoop_topic=618184

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